Mi bebé
se va al jardín…
Una historia sobre aprender a soltar, confiar y acompañar.
Por Rosa López | Fundadora de CUORE
Nadie me dijo lo difícil que sería soltar su manito por primera vez.
Cuando me convertí en mamá, todo fue brutalmente nuevo. Por más videos que vi, libros y artículos que leí, o consejos que escuché, nada me había preparado realmente para vivir mi maternidad con Nicolás.
Con Nico aprendí que ser mamá es descubrir un mundo completamente nuevo, lleno de amor, pero también de dudas, miedos y decisiones que muchas veces tomamos sin saber si estamos haciendo lo correcto.
Cuando Nicolás tenía poco más de dos años, Diego y yo decidimos que era momento de inscribirlo en un pre-nido. Elegimos uno con metodología Montessori porque habíamos leído muchísimo sobre sus beneficios y, como cualquier papá primerizo, queríamos darle lo mejor.
Pero llegó el primer día.
Y con él, una de las experiencias más difíciles que nos había tocado vivir como familia.
Lloramos los tres.
Nico porque no quería separarse de nosotros. Diego y yo porque sentíamos que estábamos dejando una parte de nuestro corazón en un lugar desconocido.
Recuerdo que su maestra nos decía con mucha firmeza:
—Tienen que darle seguridad a Nicolás.
Y yo solo podía pensar:
¿Cómo le doy seguridad a mi hijo si por dentro yo también estoy hecha pedazos?
No nos permitían quedarnos demasiado tiempo. Nos explicaban que Nico necesitaba adaptarse, aprender a estar sin nosotros y encontrar su propio espacio.
Y confiamos.
Confiamos en las maestras, en el proceso y, sobre todo, en nuestro pequeño Nicolás.
Finalmente, Nico logró adaptarse.
Pero lo que casi nadie nos cuenta es que, mientras nuestros hijos aprenden a separarse de nosotros, los papás también estamos atravesando nuestro propio proceso de adaptación.
Y aunque cada mañana se hacía un poquito más fácil para él, a nosotros todavía se nos hacía el corazón chiquito.
Cuando creímos que lo más difícil ya había pasado…
Tiempo después encontramos el jardín donde Nicolás iniciaría su educación inicial.
Estábamos emocionados. Habíamos superado aquella primera separación y creíamos que esta nueva etapa sería mucho más sencilla.
Nico ingresó y logró adaptarse muy bien al lugar, a sus maestras y a su nuevo entorno.
Sin embargo, nos encontramos con una realidad de la que poco se habla.
Nicolás no lograba adaptarse a la rutina de las clases.
Venía de un espacio Montessori, con una dinámica de aprendizaje distinta, y ahora estaba en una escuela de educación tradicional.
El cambio fue mucho más grande de lo que imaginábamos.
No era que Nico no pudiera aprender o que no estuviera preparado. Simplemente estaba conociendo otra manera de aprender, de seguir rutinas y de relacionarse con su entorno.
Y nosotros tampoco sabíamos muy bien cómo acompañarlo.
¿Nos habíamos equivocado al elegir su primer pre-nido? ¿Debimos prepararlo de otra manera? ¿Cómo podíamos ayudarlo?
Hoy, mirando hacia atrás, no creo que haya sido culpa de nadie.
Creo que nos faltó algo que muchas familias necesitamos y pocas veces encontramos:
Orientación, acompañamiento y alguien que nos hablara con sinceridad sobre lo que podíamos vivir.
Había demasiada información, demasiadas opiniones y muy pocas respuestas que nos ayudaran a entender nuestra propia realidad.
De mi experiencia como mamá, a lo que hoy quiero construir en Cuore
Esa experiencia me marcó profundamente.
Porque entendí que no basta con preparar a nuestros hijos para ingresar al jardín. También necesitamos prepararnos nosotros para acompañarlos.
Y eso es parte de lo que hoy busco construir en Cuore Centro de Estimulación Temprana.
Un espacio donde las familias no solo encuentren actividades para estimular el desarrollo de sus pequeños, sino también orientación, escucha y acompañamiento.
Quiero que podamos hablar de la maternidad y la paternidad como realmente son.
De las dudas, de las lágrimas en la puerta del jardín, de la culpa que a veces sentimos al despedirnos, de los pequeños avances que celebramos y de esos días en los que parece que retrocedemos.
Quiero que los papás sepan que no existe una fórmula perfecta para cada niño.
Que cada pequeño tiene su propio ritmo, que adaptarse toma tiempo y que acompañar no significa evitarles todas las dificultades, sino brindarles seguridad mientras aprenden a enfrentarlas.
Y, sobre todo, que no tenemos que vivir cada etapa de la crianza sintiéndonos solos o desorientados.
A la mamá o al papá que pronto dejará a su bebé en el jardín…
Quiero decirle algo que me habría gustado escuchar cuando Nicolás era pequeño:
Está bien emocionarse. Está bien sentir miedo. Está bien que ese primer día sea difícil.
No necesitas tener todas las respuestas.
Busca un espacio donde respeten el ritmo de tu pequeño, donde te expliquen cómo será su adaptación y donde también escuchen tus inquietudes.
Pregunta, conversa, involúcrate y recuerda que la adaptación no debería ser una carrera contra el tiempo.
Quizás haya lágrimas, quizás necesiten más días de los que imaginabas o quizás tu pequeño te sorprenda con su independencia.
Cada historia será diferente.
Y aunque aprender a soltar puede doler, también es hermoso descubrir todo lo que nuestros hijos son capaces de lograr.
«Hoy sé que acompañar a nuestros hijos mientras crecen también significa aprender a crecer con ellos».
Con cariño,
Rosa
Fundadora de Cuore Centro de Estimulación Temprana y, antes que todo, mamá de Nicolás.


